El lúgubre bar estaba oscuro y Camilo vencía su desesperación acompañado de un Jack Daniel’s en baso ancho, alterado por el hielo. Divagaba sobre su suerte, pensando qué disfraz debía comprar para su próxima entrevista de trabajo. Entre las lágrimas de la incomprensión y la rabia turbulenta de la desesperación, intentaba comprender porqué el Señor Peña lo había despedido. Tampoco entendía porqué las parejas sentadas en las mesas de su alrededor lo miraban burlescamente mientras entonaba el que siempre había sido su paso doble preferido: Suspiros de España.
Por su parte, el camarero, que llevaba los calzoncillos por fuera, sintiéndose así un superhéroe, había comprendido perfectamente las reglas del juego de esa noche: cuando los peces de hielo no flotasen en el bourbon debía aplicar más elixir etílico en el baso de Camilo. Éste, dio un trago y levantó la vista; todo seguía igual, creía equívocamente que su vacío podía llenarse con el alcohol.
Alejandra abrió la puerta y el bar penetró en su mundo mágico, hipnotizado por sus ágiles movimientos y su melena morena. Sus labios extremadamente rojos resaltaban unos discretos pómulos que sujetaban el ébano de sus ojos.
- ¡Ponme lo de siempre cariño! – Gritó al superhéroe, que inmediatamente le sirvió una mezcla, no menos exótica que su belleza.
A Camilo le vinieron ganas de jugar, a él y a todos sus miembros, que se vieron alterados por la magia que embriagaba la mujer. El bourbon lo empujó hacia Ale que estaba repartiendo el cóctel por todo su cuerpo.
Unas miradas bastaron para que Camilo dejara la cartera y la vida en ese antro y siguiera el serpenteante camino de Ale en busca de la manzana.
***
La noche era oscura pero los ojos de Ale actuaban como luciérnagas en un espeso bosque. Camilo se sentía atraído por el imán que la joven representaba y acabó sentado en el asiento delantero del viejo Renault 19 de la muchacha. El exceso de polvo le hizo toser un par de veces.
- ¿A dónde me llevas, nena? – Articuló por fin.
Ella se limitó a mirarle y sonreír, a continuación, cogió el pañuelo que aguantaban sus pantalones talla 38 y lo usó para taparle los ojos a Camilo, que se sintió como si estuviera testificando en un pleito romano[1]. La conducción de Ale era agresiva y perfecta: perfectamente agresiva, agresivamente perfecta.
Camilo vomitó un par de veces por el exceso de alcohol y velocidad, deseó por unos instantes que le salieran alas para poder emprender el vuelo. Se sintió avergonzado e intimidado; sonaba Johnny Cash. El exceso de humo que producía el cigarro de Alejandra le hizo agradecer el hecho de tener un pañuelo que protegiera su contacto óptico con el exterior. El coche paró de golpe. Mientras Camilo se preguntaba si estaba vivo o no, notó como se deshacía el nudo que lo había aislado de la realidad visual y al ver a Ale delante suyo notó un golpe en el pecho: su corazón seguía latiendo. No reconocía el lugar en el que se encontraba; se precipitaron al interior del edificio.
***
Cuando Camilo llegó a su calle, a la mañana siguiente, todo era aparentemente normal; los mismos vagabundos de siempre sentados en la acera degustando el mejor vino al que podían aspirar; los ancianos mirando al cielo y preguntándose porqué no había llovido aquel otoño; el Señor Montfort mirando entre las cortinas de su ventanal, dejando al descubierto qué aquella mañana tampoco tenía nada qué hacer y su reloj, el reloj de Camilo, marcando las dos menos un minuto, su mujer y su hija lo esperaban para comer. El sol brillaba por su ausencia.
Al llegar al portal 48 de la Calle del Almendro, Camilo buscó las llaves y la vergüenza para poder entrar a casa, pero sus bolsillos estaban vacíos. Se apresuró a la puerta para tocar el timbre; se dio cuenta de qué no llegaba, su altura había disminuido considerablemente. El volumen de su personalidad se componía de amor, lealtad y calidad; estas tres musas que lo moldeaban se quedaron presas en la habitación de aquel Motel, se habían diluido en la suciedad.
Entonces, Camilo tuvo una revelación como la de San Pedro camino de Damasco y pensó que en los relatos del “realismo sucio” siempre tienden a retratarse seres vulgares y corrientes que llevan vidas convencionales. Él no era nada especial, solo había construido un imperio de baratas ambiciones.
[1] Los testigos de la antigua roma debían apretarse los testículos para testificar.
Quería agradecer este enorme éxito, en primer lugar, a mis padres y mi hermana. También quisera agradecérslo a Carlos, que me convenció de crearme un nuevo blog, a mis cojones, que fueron los que dieron el último empujón para crear este blog, a D. Bogas, o más conocido como David B., por sus ánimos. Quería agradecerselo al perro de mi vecina y a Dani Alonso, por que ya que salió en los agradecimientos de mi Trabajo de Investigación no le iba a privar de salir en estos. Adrià Checa, gracias por hacerme aquel índice hará ya tres años para mi trabajo de investigación, también te añado aquí por eso. Quiero agradecerselo al resto de compañeros de EUiA por agradeceros algo, y a los de la Assamblea de Letras, así como a los de AEP. Por la misma razón, más que nada. Finalmente quiero agradecérselo a todos mis lectores, sé que sois miles pero que no dais vuestro nombre. Y a mi mismo por ser tan guay.
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